Por Trece RazonesCrítica

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El suicidio de Hannah Baker ha sido uno de las historias más comentadas entre los seguidores de series en los últimos años. De manera particular el público adolescente ha conectado con la muerte traumática de esta chica que no dejó una nota, sino 13 cassetes contando las razones que le habían llevado a terminar con su vida. Hace unas semanas empezó la segunda temporada de Por trece razones con un prólogo muy particular. Los actores de la serie advierten que esta ficción toca asuntos muy sensibles como el abuso sexual, el suicidio adolescente y las drogas. Aconsejan a los adolescentes que sean especialmente vulnerables a este argumento que no vean la serie solos, y que si tienen algún problema similar acudan a un especialista o a la web creada por la productora de la serie para poder asesorarles. Detrás de esta introducción de menos de un minuto hay mucha precaución jurídica de los creadores de la serie que vieron como la primera temporada de la serie generaba conflictos internos muy preocupantes en adolescentes de todo el mundo.

El suicidio juvenil ha aparecido en muchas series y películas, especialmente en España. En su momento (2008), Física o Química comenzaba sus siete temporadas con un suicidio explicado con la superficialidad primaria que caracterizó a esa zafia ficción televisiva. En contraste, otras series como Pulseras rojas o películas como Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen, o Verbo, de Eduardo Chapero-Jackson, profundizaban con rigor en una de las crecientes causas de muerte entre los jóvenes de países occidentales. También en Estados Unidos tenemos ejemplos de series que procuran dar un enfoque humanista a conflictos adolescentes complejos como la imprescindible This is us.

Un best seller que multiplica su efecto al convertirse en serie

La primera temporada de Por trece razones está basado en un best-seller de 2007 del norteamericano Jay Asher, escritor de 41 años especializado en novelas sobre adolescentes. El autor obtuvo un éxito impresionante y en su décima edición incluyó un giro sorprendente: finalmente Hannah había sobrevivido al intento de suicidio. Netflix no dudó en mantener la historia original, y para ello contrató, entre otros, a uno de los directores más importantes del cine norteamericano actual: Thomas McCarthy, guionista, productor y director de Win WinThe Visitor y especialmente Spotlight (ganadora del Oscar a la mejor película en 2015).

En los primeros 13 capítulos de la serie había aciertos y errores de bulto típicos de ficciones muy pendientes de aumentar la audiencia. La aglomeración de giros dramáticos llega a límites increíbles, especialmente a mitad de temporada. Las desgracias se superponen y complican de manera tan aparentemente casual que la manipulación del espectador es demasiado evidente. Por otro lado, la sexualización de los conflictos es tan repetitiva y similar que acaba por estancar al argumento y los personajes.

Aun así la serie tenía capítulos interesantes: aquellos en los que McCarthy había tenido mayor responsabilidad (El primero y último de manera particular). Las magníficas interpretaciones de los dos protagonistas, la puntual utilización de la versión de Only You cantada por Selena Gomez (productora de la serie y víctima de acoso), y un guion en el que destacan algunos diálogos muy certeros, hacen que la serie creciese. En una época en que a los adolescentes se les da todo tan masticado, esta serie hacía pensar y digerir responsabilidades dolorosas. También a los padres y educadores se les golpea con fuerza; ellos tienen en sus manos una juventud que tiene toneladas de egocentrismo y comodidades a sus espaldas. Pero, insisto, la responsabilidad en la serie se reparte entre jóvenes y mayores. La infelicidad patente en toda una generación privilegiada en lo material y damnificada en lo inmaterial es una realidad que en muy pocos casos lleva al suicidio, pero aun así conviene preocuparse mucho más por ella.

La primera temporada planteaba carencias educativas con notable talento, aportando matices a situaciones muy complejas. La serie recibió muchas criticas porque determinados adolescentes podían malinterpretarla y verse animados a seguir el camino de Hannah. En mi opinión estos primeros 13 capítulos no eran aconsejables para cualquier tipo de público por su crueldad y sordidez, pero si me parecía recomendable para un sector muy amplio de adolescentes mayores que tienen como únicos lemas “No te rayes” y “Pásalo bien”. Para cualquier adulto responsable de chicos de esa edad y personal docente, considero que los capítulos indicados arriba eran muy clarificadores. También algunas escenas escogidas pueden facilitar la explicación de aspectos tan importantes en la educación como el respeto y la dignidad en el trato con los demás, la afectividad, etc. Con una edición más acertada (la serie debería durar siete u ocho capítulos en vez de trece) y un menor efectismo dramático en la trama, estaríamos hablando de una gran serie.

Una segunda temporada indefendible

Todo lo dicho anteriormente queda invalidado en una continuación que desde el principio se convierte en un culebrón de traumas adolescentes estiradas al máximo en busca de morbo. La manera de retorcer la tragedia es tan tramposa que produce verdadero bochorno. Hasta el personaje de Clay (Dylan Minnete), lo mejor de la primera temporada, sale malparado con una insistencia obsesiva en los primeros capítulos en disfunciones sexuales con su nueva novia que, para acabar de rizar el rizo, también tiene tendencias suicidas. Pero lo más imperdonable son las “apariciones” de Hannah a Clay, tan torpes y redundantes que hacen que uno acabe odiando a la inmortal protagonista en permanente estado de auto-compasión.

El tono lacrimógeno llega a ser intolerable con una falta de delicadeza constante a la hora de manipular a los personajes y la rocambolesca trama. La historia se centra en el inverosímil juicio por el suicidio de Hannah que es la excusa perfecta para que todos ahonden en sus miserias personales. Aunque en el último capítulo hay algunas escenas que pretender dar esperanza a los jóvenes estos intentos son superficiales y llegan demasiado tarde. Ese folio que le enseña la madre de Hannah a Clay con las razones para vivir que dejó la chica, la conversación de Clay con el sacerdote católico, los nuevos personajes que aparecen en la serie… Todo resulta forzado y artificial, sin apenas matices en un discurso simple y maniqueo en busca de la respuesta sentimental del espectador.

El final de la temporada parece la conclusión de una serie como 24. Una atracción de última hora para añadir suspense y acción a una de las tramas más aburridas de la ficción que sirve como excusa para enlazar con una tercera temporada que ya ha sido confirmada. Es el último truco de un show que ha dejado claro que ya no queda nada nuevo que contar. Y lo peor de todo es que ya no quedan dudas sobre el propósito de la serie: aprovechar la polémica para vender un producto a cualquier precio sin profundizar en cuestiones esenciales para el adolescente del siglo XXI. Una ocasión perdida de ofrecer soluciones a toda una generación de padres e hijos que evidentemente busca respuestas.

Sobre el crítico

Claudio Sánchez de la Nieta

Crítico de cine y televisión de iCmedia, Aceprensa y Fila Siete. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid.

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